Mujeres que inspiran: Ana Aranda, coordinadora Instituto Confucio de Madrid
El objetivo es visibilizar tu trabajo, tu trayectoria y tu experiencia como mujer en el ámbito de la cultura, la internacionalización y las humanidades.
Puedes responderlas con total libertad, en el tono que te resulte más natural.
- TRAYECTORIA
¿Cómo comenzó tu interés por la lengua y la cultura chinas, y qué te llevó a dedicarte a la gestión cultural e intercultural?
Mi interés por la cultura y la lengua chinas se lo debo a mi novio, Daniel Tubau, que es un gran conocedor de la cultura china y de otras culturas, como la de la época clásica griega, Mesopotamia y muchas más que no cabrían en esta entrevista.
La historia fue así: Daniel me dejó una antología de cuentos fantásticos recopilada por Borges y Bioy Casares y, de repente, me encontré con el pasaje en el que el filósofo chino Zhuang dice que soñó que era una mariposa y que, al despertar, se preguntó si él era Zhuang o una mariposa que soñaba que era Zhuang. Esta historia me impactó mucho y Daniel empezó a hablarme de otros filósofos chinos. Se me abrió la mente o, como se dice ahora, «me explotó la cabeza», y decidí estudiar una segunda carrera: Estudios Asiáticos.
A punto de terminar la carrera, estaba trabajando en el mundo de la televisión y decidí dejarlo todo e irme a China a estudiar chino y a conocer de primera mano lo que había aprendido en los libros y con los profesores.
La cultura, el aprendizaje y la comunicación siempre me han acompañado. En televisión, hacer cultura de la forma que yo quería es complicado; por lo tanto, no sentía que el trabajo que estaba haciendo me interesara demasiado y estaba aburrida. Quería dedicarme a algo que me gustara de verdad. El Instituto Confucio de Madrid me ha salvado de llevar una vida aburrida: en el instituto tengo la oportunidad de conocer a escritores, artistas, especialistas, traductores y compañeros que hacen que mi trabajo sea interesante y aprenda cada día.
¿Qué etapas de tu formación o experiencias profesionales fueron claves para llegar a coordinar el Instituto Confucio?
Estudiar la carrera de Estudios Asiáticos fue muy importante. Aprendí muchísimo y profundicé en muchos temas. Me gustaba especialmente hacer trabajos, debatir con mis compañeros y enfrentarme a retos intelectuales exigentes. Disfruté mucho más que con mi primera carrera de Comunicación Audiovisual y lo que era un interés se convirtió en fascinación.
Ahora bien, lo más desafiante fue irme a China, no solo en lo profesional, sino también en lo personal. Por muchos motivos: tuve que dejar mi trabajo, llevaba veinte años en el mundo de la televisión y me iba muy bien, y enfrentarme a parte de mi familia, que tenía más miedo que yo ante esta decisión que parecía una locura. Eso sí, mi experiencia en China compensó todos los retos: tuve la suerte de instalarme en Kunming y Dali, conocer a escritores, dibujantes y músicos, y moverme en ambientes artísticos e intelectuales, con lo que terminé de enamorarme de China.
Finalmente, mi faceta de escritora también ha sido fundamental, porque me ha permitido profundizar todavía más en temas relacionados con China. En primer lugar, al enfrentarme a la traducción de El arte de la guerra, que ha sido quizá el proyecto más duro por el que he pasado, ya que tuve que estudiar chino clásico y muchas otras cosas. Fue un proceso largo, pues seguía trabajando al mismo tiempo, y especialmente complejo Lo recuerdo con mucho sueño: creo que dormía mucho para poder asimilar la información, aunque esa es también la parte buena, porque me encanta dormir.
- LIDERAZGO
Para quienes no conocen el día a día del Instituto: ¿cómo se traduce tu labor en la práctica y qué tipo de proyectos impulsas desde la coordinación?
Mi labor consiste en coordinar el desarrollo de los cursos de chino, las actividades culturales, la comunicación y las colaboraciones, además de diseñar y poner en marcha proyectos específicos y de impacto y gestionar la resolución de conflictos, tanto de alumnos como de padres y madres. Esa es una parte del trabajo que me obliga a pensar y que, precisamente por eso, me interesa mucho. A primera vista puedo parecer una mosquita muerta, porque mi estilo se basa en la alegría y el respeto, pero para sostener ese estilo hace falta mucho carácter. Tal vez , por eso me dijeron hace poco, que soy muy cañera.
Luego está el cómo, la dimensión más táctica: cómo se llevan a cabo estos proyectos, organizando equipos, priorizando tareas, mejorando procesos y asegurando que todo funcione de manera coordinada y eficaz.
Respecto a la parte más estratégica de mi trabajo, me obliga a pensar para qué hacemos todo esto y qué impacto y valor tiene, tanto en la relación con el equipo como con la sociedad: cómo mejorar, innovar y contribuir a que el Instituto crezca, que tenga mayor proyección y se consolide como un referente.
No estoy sola: todo esto se lleva a cabo con el trabajo del equipo y el apoyo de la dirección.
¿Has tenido referentes femeninos —académicos, culturales o personales— que hayan marcado tu trayectoria?
Indudablemente, mi madre, Alicia, y la madre de mi novio, Victoria, junto con sus amigas: mujeres con una personalidad arrolladora. Mi madre, que se quedó viuda con seis hijos a los treinta y nueve años, siempre nos decía: «Primero tenéis que ser buenos, luego inteligentes y, por último, guapos. Ahora bien, si tenéis las tres cosas, mucho mejor». Era un Sancho Panza de libro: muy inteligente, muy abierta de mente, alegre y con un gran sentido del humor, a menudo humor negro. Nos hablaba mucho, a todas horas. No había tema que no se tocara en casa. Además, leía y componía versos, siempre con un toque de humor. Pero, sobre todo, nos enseñó a escuchar, y creo que esa es una de mis grandes virtudes. Era divertida y también exigente. Puedo decir que, a pesar de la muerte de mi padre, mi infancia fue feliz.
Pero, en el día a día, las mujeres que más influyen en mí son mis compañeras de trabajo: Yolanda Tello, es nuestra administrativa, la sabia prudente, que además tiene retranca; Carmen Ballester, encargada de cursos, la más joven y que acaba de incorporarse, su timidez no impide descubrir un gran sentido del humor, algo que valoro especialmente; y Begoña, de difusión, cuyo pensamiento crítico y amabilidad me ayudan a pensar mejor, además de su sensibilidad para decir lo que necesitas escuchar en los momentos clave.
Fuera de mi ámbito más cercano, María Félix, la gran actriz mexicana del siglo XX y uno de los grandes iconos del cine latinoamericano, con esa forma de estar en el mundo sin pedir permiso. Como ella misma decía: «La belleza está en la actitud». Y también: «Yo no soy la mujer de nadie; soy la mujer de mí misma». La conocí a través de un proyecto cinematográfico, en un momento de mi vida en el que estaba un poco instalada en la desidia; conocer su vida fue el impuso que me hizo salir de esa situación.
¿Qué desafíos has encontrado como mujer en la gestión de un centro cultural con dimensión internacional y cómo los has afrontado?
Intento liderar creando un buen ambiente de trabajo y motivando al equipo pero eso no significa que no sea exigente con los resultados. El problema es que, cuando se lidera desde la amabilidad, se interpreta como falta de carácter y las mujeres necesitamos más tiempo para ganarnos la confianza del equipo.
Esto ocurre sobre todo en mandos intermedios como el mío. Por supuesto, si eres director o directora, la situación cambia, porque la gente trabaja para ti sin que tengas que pedírselo, muchas veces por miedo a ser despedido o a fallar frente al máximo responsable. Para un mando intermedio con un estilo amable es un gran reto liderar un equipo.
Además, en el Instituto Confucio de Madrid conviven dos culturas organizativas distintas. Por un lado, la cultura laboral china, más jerárquica y con dinámicas que pueden resultar más individualistas en algunos contextos. Se basa en estructuras de autoridad más marcadas, lo que puede dificultar la aplicación de estilos de liderazgo más horizontales. Por su parte, la cultura laboral española, más horizontal, puede derivar en un exceso de participación que, en ocasiones, ralentiza la toma de decisiones. Nuestra labor es encontrar el punto medio y, como me dijo un amigo mediador cultural, Antonio Liu, debemos crear una tercera cultural laboral. Es decir, aprovechar lo mejor de los dos mundos.
Respecto a las mujeres, una constante que encuentro a menudo es que se esconden. Les cuesta mucho valorar su trabajo y hablar de ello sin vergüenza, porque piensan que caen en la presunción. Pero para mí la verdadera lucha feminista personal es que cada una de nosotras nos pongamos en el escenario sin miedo a lo que piensen los demás. Y también perder el miedo a equivocarse: cuando aceptas que es inevitable que te vas a equivocar, te permites relajarte. Me da la impresión de que las mujeres se agobian demasiado cuando se equivocan, algo que no observo tanto en los hombres.
¿Qué iniciativas o proyectos del Instituto Confucio consideras especialmente valiosos por su impacto educativo, cultural o social?
Lo más valioso que tenemos son los cursos de chino, que tienen un impacto muy fuerte en el terreno educativo porque son el alma del Instituto Confucio de Madrid. Después, por supuesto, todas las actividades que nos acercan a la sociedad madrileña y que ayudan a borrar prejuicios y construir una sociedad más sana. Y de manera especial todas las actividades de literatura que hacemos, desde el club de lectura, las presentaciones con autores o traductores, las actividades en la Feria del Libro o todo lo que organizamos para celebrar el Año nuevo chino.
- CIERRE
¿Qué mensaje te gustaría transmitir a las jóvenes que quieren dedicarse a las humanidades, las lenguas o la cooperación cultural e internacional?
Les diría que no renuncien a lo que les interesa por miedo a no tener salidas profesionales. En mi familia, tengo tres hermanos ingenieros, uno economista, y mi hermano Carlos, el filósofo. Yo estudié Comunicación Audiovisual en los noventa y mi madre decía que estudiaba castañuelas y sonajas, es decir, no le dio ningún valor a la carrera que estaba haciendo hasta que fui la primera de mis hermanos en encontrar trabajo y comprarme una casa sin haber acabado la carrera. Por entonces el paro juvenil era de un 20%. Mi madre no daba crédito, pero nunca sabes lo que te depara el futuro. Las circunstancias cambian.
Estudia lo que te gusta: eso es una experiencia única. El trabajo ya vendrá después. Oportunidades de trabajo siempre habrá.


